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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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JESUS EN NAZARET

            Comienza este capítulo con la llegada de Jesús a Nazaret. Allí vivió junto a sus padres, María y José, tras la vuelta de Egipto, donde tuvieron que huir tras ser avisado José, en sueños, por un ángel de que Herodes quería matar al Niño. En Nazaret ayudó a sus padres, aprendiendo además el oficio de José, que era artesano. Los artesanos eran los que hacían las cosas que necesitaban las gentes del campo. Allí creció, aprendió y convivió con las gentes del lugar.

 

            San Marcos nos relata que nada más llegar se dirige a la sinagoga. Era sábado. Jesús se pone a enseñar. Quienes le escuchaban quedaban admirados. Lo mismo había ocurrido en la sinagoga de Cafarnaún. Las palabras de Jesús les llegaban hondo. Jamás habían oído hablar de aquella manera. Pero en Nazaret, estaban maravillados porque conocían a Jesús, y no alcanzaban a comprender como era posible que un artesano, hijo de un carpintero hablaba de aquella forma. Unos a otros se decían “no es este el artesano, el hijo de María?” (MC. 6,3).

 

            Durante su vida oculta, Jesús vivió con sus padres, sin realizar los prodigios que en su vida pública estaba realizando. “Jesús recibió toda su educación humana de María y de José, y de sus paisanos de Nazaret. Pero también el Padre le comunicaba su Espíritu para que experimentara la verdad de Dios, en todas las cosas”. “Jesús va a recibir la plenitud de sus dones en el Bautismo de Juan”.

 

            San Marcos vuelve a sacar el término hermano y hermanas. Este término ha sido aprovechado para crear una corriente de opinión herética al señalar que Jesús tuvo otros hermanos de sangre, con el fin de debilitar el dogma de fe  de la virginidad de María. Si leemos detenidamente los cuatro evangelios podemos observar que en ningún momento se nos habla de los hijos de María, solamente se señala como hijo de María a Jesús. El término hermano y hermana, lo pudimos ver anteriormente se utilizaba para hacer referencia a otros parientes, debido a la pobreza del lenguaje.

 

            Por otra parte, recordar y señalar rotundamente que la Virgen María, la Madre de Dios y Madre nuestra fue Virgen antes, durante y después del parto, por lo que de ninguna manera pudo tener ningún otro hijo, de varón, a excepción de Jesús que como rezamos en el credo “fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo”, verdad que hemos de creer, y dogma de fe declarado por la Iglesia.

 

           El hebreo no es rico en exposiciones, como lo son  nuestras lenguas occidentales, como el griego y el latín. Es particularmente pobre. Para expresar los grados de parentesco, carece de término propio. Para designar a los primos y cuando quiere hablar de ellos los llama simplemente hermanos. Se trata de un hecho incontrovertible, que ningún hebraísta ignora y que es conocido por los simples lectores de la Biblia. La palabra hebrea ahh no se aplica solamente al hermano propiamente dicho, sino a un pariente cualquiera: sobrino, primo, marido. Tiene además un sentido más amplio todavía: sirve para expresar que el hombre de quien se habla pertenece a un pueblo, de la misma raza, que es un aliado, o ampliamente un amigo.   

           Se escandalizaban de él “(MC 6,3). Una vez más los parientes de Jesús muestran su contrariedad hacia él. Incluso los del pueblo con quienes había vivido hasta no hacía mucho durante largos años. Hasta les habría realizado algún trabajo, ayudado...”¿De dónde sabe estas cosas?” (MC 6,2) se decían. Hasta el lenguaje que utilizan al referirse a Jesús parece despectivo “éste”. Pero el lenguaje que utilizan los parientes de Jesús es más duro, y por tanto más impensable de ellos, ni los escribas y fariseos lo utilizaron en ningún momento, ya que lo tachaban de loco. Solo Herodes, parece ser tendrá este atrevimiento durante el Juicio contra Jesús.

           

            Jesús, nos dice el evangelista, no realiza ningún milagro, tan sólo sanó a algunos enfermos “imponiéndoles las manos” (MC 6, 5). Tal vez fuera por la incredulidad, por la falta de respeto  y la falta de fe de aquellas gentes.

 

           No hay profeta menospreciado sino en su propia patria, entre sus parientes y en su casa” (MC 6, 4), dice Jesús.

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