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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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EL SILENCIO DE LAS OBRAS BUENAS

 Hoy, en todo el ancho del planeta, millones de flores que nunca vera nadie, que crecerán y morirán sin haber “servido” para nada, pero que estarán orgullosas por el simple hecho de vivir y de haber sido hermosas. Escribía el padre Martin descalzo. Solo nos acordamos del ruido, las obras malas de tal o cual y muy pocas veces de aquel que en silencio pasa haciendo el bien por esta vida. Tal vez cuando muere, soltamos un lacónico “que bueno era, el pobre”. Pocas veces tenemos en cuenta las obras buenas hechas por las personas; somos más tendentes a olvidar el pasado, de forma que recordamos mas fácilmente los fallos, por los que juzgamos y “matamos” la honra de aquel que tuvo la desgracia de cometer un error, aunque solo fuere uno. Y ciertamente es así. Encumbramos al delincuente y desterramos al justo. Es el siglo del antihéroe, de aquel que no puede presentarse como ejemplo a nuestra juventud, de aquel que solo da malas enseñanzas… el hombre justo, ese sobre el cual podríamos pisar su huella para seguir un recto camino lo convertimos en ¡reo de muerte social! Somos así los humanos de inhumanos. Y es que a muchos el ejemplo del justo les hace doler la conciencia. Solo tenemos que ver el mejor ejemplo de bondad, de caridad, de entrega a los demás, de anonadamiento: ¡JESUS!, que paso haciendo: curo, sano, devolvió la vida, perdono, amo sin condiciones y en el momento calve todos, todos los demonios desatados se revolvieron contra Él, y nosotros también, que un día participamos en su entrada gloriosa en Jerusalén con palmas y vítores. En el silencio de la noche, junto a las más bellas flores de amor del jardín de Dios, rezan los monjes desde sus monasterios, por ti y por mí. Pocos se acuerdan de ellos y del mucho bien que para nuestras almas hacen, pues muchas bendiciones de Dios recibimos por la caridad de estos monjes. Y mientras el mundo sigue su andadura loca, ellos siguen en su dulce plegaria a Dios, sin esperar nada a cambio de este mundo olvidadizo. En el silencio trabajan los humildes, ofreciendo a Dios cada momento de sus vidas. Con ellos nos cruzamos cada día, pero nuestra visión corta y nuestro corazón muchas veces amundanado y sumido en las atracciones del mundo, nos impide verlos y descubrirlos impidiéndonos seguir su huella. En el silencio trabajan los profesionales, que saben cumplir con su trabajo rectamente, sin empujones, sin zancadillas, sin puñaladas por la espalda y sabiendo encajar los embates de quienes sirven a la envidia y la discordia. En el silencio trabaja Dios, repartiendo amor y esperando respuestas. Sin quejarse, con paciencia, enamorado de sus hijos, a quienes ama en un amor eterno e incondicional. Y es que en el silencio esta la bondad. En el silencio de la humildad nace la alegría de saber cuánto nos ama el Señor, porque en el silencio de la Paz de Dios le amamos a Él. Y le amamos en quienes no nos aman, o no persiguen o no rechazan, o nos odian… porque así es el ser humano, bendecido por la señal del cristiano, aquella que un día Jesús eligió como sacrificio por ti y por mí, en el silencio desde donde nos amo y nos rescato. Vivimos en el barullo del botellón, de la droga, el sexo desenfrenado, en el distanciamiento entre padres e hijos; en la vida rápida y sin descanso; la ruptura de la familia. Pero mientras, a un lado, en el silencio de la noche, crecen las buenas hierbas y las flores que mostraran en el amanecer el color de la sonrisa de un Dios amante de esta humanidad

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