EL CAMINO DE EMAUS
25 Julio 2018
A pesar del tiempo transcurrido, no me olvido de María Isabelita. Pienso que ya habrá terminado la carrera. La última vez que la vi, la religiosa, la superiora, me dijo que una familia la iba a adoptar. Era juguetona, pero tenía su carácter. Eso es bueno, para saberse defender en éstas épocas tan difíciles para las jóvenes, que parece que el diablo ha abierto las jaulas de los depredadores, los maltratadores, los asesinos, los violadores, a los que parece que los legisladores no saben o no quieren acabar con esta lacra y les conceden la aplicación de los derechos humanos y se olvidan que las victimas también los tienen. Un violador y asesino, salía ayer, con permiso; otro, no volvió a prisión… y no he visto protestas, ni tampoco, contra agresores sexuales, sentenciados a ¡cuatro años!, menos pena que a los de la “manada”.

Pero este no es el tema. Quiero recordar a aquella pequeña, a María Isabelita. Algunos sábados por la tarde, íbamos con los jóvenes del grupo a hacer alguna actividad contando claro está con el beneplácito de los padres. Nunca tuvimos problemas para ello. A los padres les parecía bien, sobre todo cuando íbamos al asilo, al hospitalito de niños o al orfanato, o como en dos ocasiones, a repartir regalos de reyes a un barrio humilde de la capital, ya que alguno decía que con estas actividades verían en sus visitas la cruda realidad de la vida. Realmente sí. Otras veces, a estos jóvenes entusiastas los premiábamos con una buena excursión de fin de semana o un retiro de jueves a domingo, esto era la delicia para ellos. La primera visita a cada uno de los lugares mencionados, supuso un choque para alguno de los jóvenes del grupo, también para alguna catequista, que, recuerdo no pudieron aguantar la primera emoción. Algunas lágrimas brotaron. Vieron que la vida no es todo alegría, que hay sufrimiento, mucho sufrimiento.
¿Pero quién es María Isabelita? Pues una autentica muñeca, de carne y hueso. Pelo corto, recuerdo, ojos negros y naricita respingona y gran ternura; pero a la vez tenía su carácter. Formaba parte del grupo de pequeños que residían en el asilo, cuyo motivo nunca nos contaron, ya que todo es materia reservada. Tendría unos 5 años. Ahora, la supongo una alegre joven, con un futuro cierto, ya que fue adoptada por una buena familia. No volví más a verla después de la Navidad de aquel año. Pero cuando me acuerdo de María isabelita, lo hago con cariño y alegría, sabedor que su futuro estaba resuelto.
No me la presentaron. Pues íbamos y los jóvenes y los catequistas nos mezclábamos con todos ellos y se jugaba, se hablaba, escuchabas mil historias, miles de sueños, que muchos seguro se perdían en el horizonte… María Isabelita, salió de pronto del grupo de pequeños ya agarrándose a mí, empezó a gritar: ¡papi mío! ¡Papi mío! Y créanlo, no dejaba que ningún otro niño o niña se acercara a mí, se enfadaba y soltaba su diminuta manita amenazante, otras veces soltaba alguna patadita. Era exclusivo para ella. Era yo su posesión. Así que procuré subir más veces. Los jóvenes también querían hacerlo. Habían encontrado donde dejar su corazón sano de jóvenes; habían encontrado el lugar donde entregar por unas horas su deseo de colaborar y de trabajar hacia sus semejantes. Y pensar que estos políticos están estropeando la juventud del futuro, tratando de aplicar sus teorías desespiritualizantes. Y si les dejamos ¿Cuál será la juventud del mañana? ya no se les habla de Patria, de honor, de valores, de amor a sus semejantes, de solidaridad, de familia y mucho menos ¡de Dios ¡
La vi por última vez la navidad de aquel año. Subí exprofeso para llevarla un paquete; así que la religiosa ,en un buen gesto, la trajo, pues estaban para acostarse, para que recogiera el regalo. Se soltó, vino rápidamente, pero ya no se agarró a mí como en anteriores ocasiones. Fue directa, como una bala a por el regalo. Puro nervio. No acertaba a abrir el paquete. Cuando al fin rompió el papel y logró sacar la muñeca… se abrazó a ella. Ahora eran ella y su muñeca. Poco tiempo después era adoptada. Habrán pasado unos catorce o quince años. En la distancia del tiempo, le deseo lo mejor a aquella niña, hoy joven, que me conquistó sobremanera. Aun oigo aquel ¡ papi mío ¡.
Y viendo esto, pienso en el sufrimiento que hay. Pero cuanto sufrimiento desconocemos. Que un día descubrimos. Y pensamos el mundo irreal en que vivimos. Pues no todo es plato de lentejas, café, desayuno, televisión, acostarse plácidamente en tu cama. Muchos no tienen para nada de eso y para menos. Familias que viven en un mismo cuarto, niños que por toda comida toman ¡una bolsa de pipas, si llega esa suerte!. Pequeños sin futuro cierto acomodado. Mientras los políticos con sus sueldos de aquí te espero, dietas, viajes… banqueros amasando beneficios cuantiosos; adinerados viviendo en mansiones a todo lujo...
iSi, María Isabelita. Hiciste un requiebro al futuro. Cuantas María Isabelitas como tu revolotean por el mundo, en espera de que éste las sonría. ¿Qué será de ellas, si el mundo no las sonríe? ¿Cuál su destino? No me atrevo a pensarlo, por cobardía o por miedo. Pero no me atrevo a pensarlo. Y más hoy, cuando el futuro se cierne negro sobre más de cuatro millones de parados, de ellos muchos amenazados de perder su vivienda. Y el gobierno regalando millones a otros países, olvidándose de la tragedia que tiene dentro. Pero todo tiene su fin y la Historia recuerda y cobra. Tal vez esta pesadilla de ocho años, nos sirva para NO OLVIDAR NUNCA MAS EL PASADO,