EL CAMINO DE EMAUS
20 Abril 2018
El tema del aborto no es un tema cerrado, aunque lo parezca, porque apenas se habla de él y no se habla porque no interesa y no interesa porque remueve las conciencias muchos partidos perderían electores, si los votantes fueran serios y rectos y consecuentes con la Fe en la que fueron iniciados por sus padres. La batalla por la vida debe iniciarse en el hogar, donde los padres deben iniciar a sus hijos, z la vez que se les habla de la Familia como un bien querido por Dios y un bien en el que debe asentarse la Sociedad, como terreno seguro para edificarla.

Esto es el resultado de un aborto
¿es o no un asesinato?.
La batalla por la vida aún está en sus comienzos. En las diferentes manifestaciones a favor de la vida los jóvenes han sido la voz de la conciencia de quienes, de una forma un tanto irresponsable, hemos aparcado u olvidado este tremendo drama que se vive en pleno siglo XXI. Olvido producido no porque hayamos cedido un ápice ante los supuestos que despenalizan el aborto, sino por la insensibilización que produce un peligroso costumbrismo. Lo peor de esta pasividad nuestra y de los determinado partidos políticos de base católica mientras gobernaron, es que puede ofrecer a los abortistas la presunción de que los sectores más católicos acabarán cediendo y aceptando la Ley que los legisladores por sectarismo y el gobierno por partidismo han dado a luz, presentándola como un paso más en el progreso o como un “ bien social. “ ¡Un aborto un voto!”, se comercia en los mítines electorales. “¡Yo ofrezco más!”.. y así van añadiendo clausulas en las que se permite abortar y en el que las hijas no tienen que pedir autorización a los padres: amor libre y aborto, ( casi el botellón: alcohol, sexo y drogas).
Pero pese a quien pese, en la lucha por el derecho a la vida no se cederá ni un punto ni una coma. Y pese a quien pese, el aborto, tanto desde el punto de vista moral como desde el de la Iglesia Católica, es un acto intrínsecamente perverso, en todos y cada uno de los supuestos establecidos, porque el único fin que se busca es el de procurar la muerte de un inocente dentro del seno materno, acto veladamente disfrazado por supuestos bajo los cuales muchos pretenden lavar sus conciencias ya teñidas en la sangre de millares y millares de inocentes. ¿Cómo unos padres van a matar a un niño o a una niña, porque van a nacer con el síndrome de Down o cualquier otra malformación?. No los matan porque nazcan diferentes, sino porque en muchos casos precisan de cuidados constantes y eso conlleva que se acabaron las juergas de fin de semana, por ejemplo.
Pero ojo; nuestra condena y nuestra batalla no comienza y termina en quienes quirúrgicamente siegan la vida de un ser dentro del seno materno (médicos, sanitarios...), con la complicidad de un “ padre “ y de una “ madre “, pues sería dejar cabos sueltos antes esta bárbara locura. Ya que igualmente malo y condenable es la utilización de sustancias abortivas introducidas en el útero de la madre con el único fin de matar el feto. Igualmente malos y condenables son los procedimientos implantatorios que impiden el “ anidamiento del huevo fecundado en la mucosa uterina “, considerado abortivo. Y tan malos y condenables son también los productos químicos que tomados por vía bucal son capaces de matar el embrión en sus primeros procesos de desarrollo. Y más perversamente malo, es facilitar el aborto a las jóvenes sin contar con el consentimiento paterno ¡a los 16 años!
La defensa del derecho inalienable a la vida es un deber de todos; desde el Estado que tiene toda capacidad y poder para ello, hasta las personas por sí o desde dentro de instituciones...Pero en cuanto el Estado ya no garantiza este derecho poniéndose al margen de este sagrado deber, está entonces quebrantando los mismos fundamentos en los que se basa el Estado de Derecho que dice gozamos en nuestra nación. Ni la persona, ni el Estado, ni la sociedad entera tienen ni autoridad moral, ni poder para decidir la ruptura del derecho a la vida
El cinismo y la contradicción de estos personajes: los que permiten la ley, los que la crean, y los que la votan... clama al cielo. Por un lado, basándose en principios democráticos, anulan la pena de muerte a asesinos terroristas que fría y calculadamente matan sin piedad, porque atenta contra los derechos humanos (¿cínico, no?); por otro lado, el cinismo de la sociedad en que vivimos, cuando llora y gime por el mal trato a los animales, mientras olvida siniestramente los millares de asesinatos de seres indefensos, para quienes no se les ocurre clamar justicia
La legalización del aborto es un requiebro más a la Constitución, a la que se le dan las interpretaciones más variopintas y a gusto del consumidor o de los intereses partidistas. Es un ejemplo más de la enfermedad grave que padece muestra democracia, por ser incapaz de hacer valer su poder en defensa del derecho a la vida de todos los españoles. ¿Cómo puede ser posible, que si la Constitución expresa el derecho a la vida, pueda ser compatible con una ley que dice todo lo contrario? O una de los dos no vales, o una de las dos está muerta. Pero si la Constitución no sirve para hacerse valer, suplantándose sus artículos por otros que la contradicen, ¿de qué nos vale?
Y a esta contradicción han contribuido en gran parte los católicos, por vergonzoso que resulte decirlo. Han sido varios los millones de españoles que en una y otra legislatura han dado su voto a partidos, de uno y otro color, partidarios o tolerantes con esta ley, alcanzando la fuerza suficiente como para implantarla con supuestos cada vez más monstruosos que caminan hacia el aborto libre. De la misma forma, son muchos los católicos que se han dejado envenenar por los supuestos presentados por las diferentes legislaciones habidas : malformación, violación, estado de ansiedad, peligro para la vida de la madre...Desgraciadamente, y hay que reconocerlo, es una victoria momentánea del “ derecho “ a matar sobre el sagrado derecho a la vida, y con el claro apoyo de algunos católicos, bajo cuyo peso gimen hoy las víctimas de esta barbarie y ahogan sus voces que claman justicia : ¡ “ mi madre me ha matado “ !.
La postura de la Iglesia es bien clara y no cabe puntualizaciones “ quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latee setentiae “(CIC, can 1398).
Por último, que no quede en el tintero la reprobación hacia quienes teniendo la obligación de defender, conservar y procurar la vida de las personas y olvidando ese “ non homicidius facies “ que transpira por las cátedras de medicina, blanden el bisturí ejecutor sobre los cuerpos de seres indefensos. Grave indignidad la de ustedes y grave pérdida del honor, que bajo ningún concepto puede basarse en desconocimiento del mal hecho. El oficio del médico no es destruir, sino todo lo contrario, salvar la vida o al menos intentarlo con los medios a su alcance.