EL CAMINO DE EMAUS
26 Marzo 2018
Pueblo mio, en qué te he ofendido? ¡ Respóndeme!
Pasión del Señor se encuentra ampliamente descrita en los cuatro Evangelios; fue anunciada por Jesucristo; significada en el Antiguo Testamento con diversas figuras. El espíritu Santo hace notar, a través de los evangelistas como en ellos e cumplieron las profecías.

Los Evangelios, están escritos por autores humanos: San Mateo, San Marcos, San Lucas (Sinópticos) y San Juan, pero el autor es el mismo Dios.
Así la Iglesia nos dice : “Dios eligió a unos hombres a los que empleó usando ellos mismos de sus facultades y de sus fuerzas, de tal manera que obrando Dios en ellos y por ellos, nos transmitieron por escrito, como verdaderos autores, todo y sólo aquello que el mismo Dios quería”. La pasión y Muerte del Señor es la narración más larga del Evangelio. Los relatos de la pasión y Muerte del Señor se refieren a la realidad de su Muerte y concluyen en el testimonio de su verdadera Resurrección.
Los Evangelios Sinópticos inician la narración de la pasión y Muerte del Señor unos días antes de la fiesta de Ázimos y de la Pascua. Esta era la fiesta nacional y religiosa más importante de los judíos, pues en ella recordaban la liberación del pueblo de Israel, por Yavéh, cuando se encontraban esclavizados y oprimidos en Egipto. Esta fiesta se realizaba conforme a un rito: comer el cordero pascual sacrificado la tarde anterior en el Templo. Jesús y los Apóstoles se preparan para la celebración.
Durante la noche de la Última Cena, nuestro Jueves Santo, Jesús instituye el Sacramento de la Eucaristía. El Evangelio recoge ese solemne momento que recoge tres verdades fundamentales a tener en cuenta:
1. La Institución de la Eucaristía y presencia real de Jesús en ella
2. La institución del sacerdocio cristiano
3. La Eucaristía, sacrificio del N.T. o Santa Misa
Así pues, encontramos en este momento solemne dos momentos culminantes, la institución de dos sacramentos: el de la Eucaristía, como alimento de vida, y el de la Eucaristía como Sacrificio; y el Sacramento del Orden, por el que Jesús les da el poder de que repitan con todos lo que en esos momentos hace con ellos: Haced esto en memoria Mía...
Finalizada la Cena, Jesús da una enseñanza de humildad a los Apóstoles, y en ellos, a nosotros; “se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciño. Después hecho agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies”. Jesús se humilla, como lo hará horas más tardes al ser clavado en la Cruz. Esa humillación, ese anonadamiento de Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, lo hace para enseñarnos que Él no ha venido a ser servido, sino a ser. Después “salió y se fue como de costumbre” a hacer oración al Huerto de Getsemaní; y nos enseña una vez más cuál debe ser la actitud de para hacer oración, “puesto de rodillas oraba”. Pues de rodillas oraba describe San Lucas, quien nos describe la actitud exterior de Jesús, una actitud de humildad ante el Padre.
Judas, acompañado de un gentío armado de palos y espadas, entra en escena; una escena de triste. Guarecido por una cohorte de legionarios romanos, se acerca a Jesús y tras darle un beso en la mejilla, la señal de la traición, es aprendido y atado para ser conducido a la casa del Sumo Sacerdote, Anás, quien hará el primer interrogatorio a Jesús. En esos momentos, fuera del Palacio, reinaba un intenso frío. Pedro que había seguido de lejos al Maestro va a ser reconocido y señalado. El miedo va a llevarle a negar al Señor una...dos...y tres veces. En ese momento Pedro recordará aquellas palabras proféticas de Jesús: “Te aseguro, Pedro, que no cantará hoy el gallo sin que hayas negado tres veces haberme conocido”. El gallo canta y Pedro saliendo “fuera lloró amargamente” Mientras, Jesús, en la estancia de Anás y a la espera del nuevo día será injuriado, golpeado, burlado, escarnecido.
Cuando nace el nuevo día, Jesús es enviado ante el Sanedrín, tal como era la costumbre Judía, ya que prohibía tratar de los asuntos importantes durante la noche. Aquí Jesús se va a dar a conocer:
¡Vosotros lo decís, soy Yo!
Con esta afirmación, Jesús es condenado a muerte, aunque la sentencia estaba decidida con mucha anterioridad. Necesitaban un motivo. Pero les quedaba un paso más, confirmar la sentencia y ésta solamente la podía dar el Procurador Romano, por entonces Poncio Pilatos.
¿Pero quién era Poncio Pilatos? Siempre nos lo han descrito como un personaje justo y compasivo; pero la historia nos lo describe de otra forma, y así un contemporáneo de su época, Filón de Alejandría, lo describe como un personaje violento, autor de innumerables brutalidades, de homicidios sin proceso. Era, pues un personaje duro y despiadado. Para Poncio Pilatos la muerte de Jesús, un Galileo, carecería de importancia; para él primaba las relaciones con las autoridades judías. Roma había invadido Judea, y tenían numerosos conflictos motivados por la invasión y por parte de quienes querían ver al invasor Romano alejado de su nación. Dos rebeliones judías se producirán años más tarde que provocaran seiscientos mil muertos la primera y mas de ochocientos mil la segunda.
Jesús es conducido a presencia de Pilatos, quien tras interrogarlo, dice no ver culpa alguna, que solo ve inocencia. Por lo que decide enviarlo a presencia de Herodes, hasta ese momento enemigo de Pilatos. Desde ahora amigo, quien tras burlarse de Jesús, ciñéndole una túnica de color blanca vuelve a enviarlo a presencia de Pilatos, quien vuelve a interrogarlo. La presión que le hacía a Pilatos era muy grande: El Sumo Sacerdote, el Pueblo, Herodes, su prestigio... con intención de soltarlo, Jesús es flagelado, golpeado, burlado y coronado de espinas y presentado al pueblo “Ecce Homo” (he aquí el Hombre). Pero cuando intentaba soltarlo, los presentes volvieron a solicitar su muerte. Quienes ayer gritaba ¡Hosanna! hoy gritaban ¡Crucifícale, Crucifícale! Finalmente, Pilatos accede y entrega a Jesús para que lo maten, y retirándose se lava las manos como signo de quitarse la culpa de su muerte.
Jesús carga con una pesada Cruz y sale al camino que lo conducirá hacia el Gólgota, con el rostro tumefacto y ensangrentado por los golpes, agotado por la larga noche, por la sangre perdida...Jesús cae hasta tres veces; otras tantas se levanta ( enseñándonos como hemos de levantarnos cuando el peso de los pecados hace que nosotros caigamos también). Durante el camino se encuentra con su Madre, María y con las santas mujeres que lloran al ver a Jesús; también la Verónica que enjuga su rostro con un paño. Al llegar al Calvario y tras quitarle el ropaje que llevaba es crucificado, pies y manos clavan a aquella Cruz. Junto a Él estaba María, su madre, y Juan, también algunas mujeres.
Pese al dolor de las heridas y al dolor de la traición de muchos que hasta horas antes le aclamaban, junto al dolor de un mundo futuro que no agradecerá con amor a su Amor, Jesús sigue amando a toda la humanidad y piensa en ella. Jesús entonces se dirige a María y nos la da por Madre. Desde ese instante comienza su acción Corredentora y acción de madre hacia toda la humanidad. María acepta con agrado.
También uno de los ladrones que habían crucificado junto a Jesús va a recibir los frutos de la Redención: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”.
San Lucas describe aquellos últimos momentos de la Pasión del Señor:
Hacia la hora sexta, las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora nona. Se oscureció el Sol, y el velo del Templo se rasgo por medio. Y Jesús clamando con una gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto expiró”
Horas después cuando pasaron a comprobar si Jesús había muerto y al verlo decidieron no cortar sus piernas, como solían hacer con los condenados para adelantar su muerte. Un soldado Romano clavó en u costado una lanza, saliendo agua y sangre. José de Arimatea solicitó a Pilatos el cuerpo de Jesús para enterrarlo, accediendo a ello. Nicodemo también acudió al sepulcro y llevó ungüentos para echar sobre el cuerpo de Jesús. Allí permaneció durante tres días, hasta su Resurrección. Durante las tres horas de agonía, en las que permaneció en la Cruz, Jesús pronunció unas palabras, que conocemos como “Las Siete palabras”.
1. Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen
2. En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso
3. Mujer, he ahí a tu hijo...he ahí a tu Madre
4. Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?
5. Tengo sed
6. Todo está consumado
7. Padre, en tus manos encomiendo Mi espíritu.
mucho antes de Jesús fuera prendido y juzgado, primero ante el Sanedrín, después ante el Procurador Romano, Poncio Pilato, ya había sido dictada su condena de muerte.
Algunos miembros del sanedrín habían venido buscando afanosamente una causa y un momento. La causa la tenían, ¡Se había declarado Hijo de Dios! Faltaba el momento. El Padre José Luis Martín Descalzo nos describe ese momento. Todo comienza aquel día, tras la resurrección de su amigo Lázaro:
Acababa de ocurrir la resurrección de Lázaro y un grupo de sanedritas se habían reunido para plantearse el problema que este hecho acarreaba (...) Hasta este momento el Galileo Jesús se había limitado a predicar a la pobre gente. Carecía de todo influjo social. Pero ahora todo era diferente (...) Fue entonces, cuando Caifás tomo la palabra para retratarse a sí mismo en una sola frase: vosotros no sabéis nada, no reflexionáis que os interesa que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nación”.
Poco más tarde se producía la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Vitorees, cánticos, himnos mesiánicos, gentes con palmas, pétalos de flores en el suelo por donde iba a pasar Jesús...el rencor crecía a cada momento. Se buscaba el momento, Pero además les faltaba el cómo hacerlo. Satanás pone la idea. Pare ello envenena la mente de un seguidor de Jesús, de un Apóstol; tal vez el Apóstol que ne más en duda estaba; el Apóstol que aún no se había definido totalmente: Judas Iscariote. Ya solo quedaba esperar el momento propicio
Un beso fue la señal que el traidor dio; treinta monedas el precio de la traición. En treinta monedas es tasado el Hijo de Dios, como también hicieran los hijos de Israel con Yavéh: 30 siclos. Una multitud de hombres debidamente armados; una cohorte de legionarios romanos, los servidores de los pontífices, de los fariseos, fueron a detener a Jesús. El trato no fue amable: lo ataron y se lo llevaron a empujones.
Se realizan dos procesos contra Jesús: uno de tipo religiosos, según precisaba la legislación judía; otro de tipo civil, que daba oficialidad, y era según la ley romana. Los sanedritas había determinado matar a Jesús, pero ellos no podían ejecutar la sentencia, por ello fueron a llevarlo al Procurador Romano, Poncio Pilato, que era el representante del poder político: Roma.
Los miembros del Sanedrín, indudablemente tenían miedo a que el pueblo reaccionara contra ellos, dada la popularidad de Jesús por sus obras y por sus palabras, por el mensaje de amor transmitido, por el cariño con que trataba a necesitados y marginados de aquella sociedad; por ello, buscan una causa, un motivo que a ojos del pueblo sea evidente para determinar la condena que pensaban para Jesús, y que a su vez estuviera de acuerdo con sus leyes. Durante el proceso religioso, ante los príncipes de los sacerdotes, Jesús afirma contundentemente que es el Mesías, el Hijo de Dios, igual al Padre y en quien se cumplen todas las profecías. Muchas habían sido las acusaciones que se habían vertido contra Jesús desde que comenzara su predicación por parte de los fariseos, de los príncipes de los sacerdotes, de los saduceos, de los escribas... pero ninguna tenía el peso especifico que motivara una fuerte condena, por ello se agarran como a un clavo ardiendo, cuando Jesús afirma que es el Hijo de Dios.
El juicio civil, fue una maniobra en la que Pilato se vio implicado y ante la tolerancia que tenia Roma hacia las cuestiones religiosas y la presión que se ejerció sobre él, acabará cediendo y confirmando la sentencia impuesta por el Sanedrín.
Entre las causas aparentes podemos citar algunas:
Quebranto del sábado
La expulsión de los mercaderes del Templo
Los milagros realizados
La resurrección de Lázaro
La mala interpretación acerca de la destrucción del Templo y su reedificación.
La causa real de la muerte de Jesús fue el declararse Hijo de Dios. “Llamarse Mesías no constituía una blasfemia; tampoco lo constituía llamarse Hijo de Dios. La respuesta de Jesús no sólo da testimonio de ser el Mesías, sino que aclara la trascendencia de su mesianismo. Con esta confesión da pie al gesto teatral del sumo sacerdote”, que rasga sus vestiduras, gesto con el que se lleva tras si a casi todos los asistentes, “¡Qué necesidad tenemos ya de testimonios! Nosotros mismos lo hemos oído de su boca”.
Hasta que los apóstoles no se dan cuenta de la Resurrección de Jesús, tampoco le comprenden, como tampoco comprenden los motivos de su muerte. Aun habiendo estado al lado de Jesús, viviendo con Él durante estos años de predicación, ni le conocían y el más claro ejemplo lo encontramos en aquellos discípulos que iban camino de Emaús “Esperábamos que el redimiera a Israel”. ¿Lo veían como un líder carismático? ¿Tal vez como a un libertador de un pueblo oprimido, como fue Moisés? El verdadero motivo de la muerte de Jesús fue: LA SALVACION DEL HOMBRE
Esta es la verdadera liberación y no aquella que pensaban los discípulos; ni aquella que pretenden hoy algunos. Jesús con su muerte salvo al hombre y lo liberó de la esclavitud del pecado, devolviéndonos así la amistad con Dios Padre. La Pasión del Señor fue el modo más conveniente de redimir al hombre que había sucumbido por el pecado. Con su entrega amorosa, Jesús paga totalmente esa deuda que a lo largo de los tiempos el hombre había contraído con Dios, y con esa deuda que el hombre iba a seguir contrayendo, tras la muerte de Jesús. Debido a la magnitud del pecado del hombre no podía satisfacer por si a Dios, por eso, en su suma misericordia nos proporciona a quien si podía hacerlo: su propio Hijo, Jesús.
Sobre la Pasión y Muerte de Jesús, podemos sacar estas consecuencias.
1. Cristo por su pasión y Muerte, satisfizo por nuestros pecados.
2. Cristo por su pasión y muerte nos libero de la esclavitud del pecado y del demonio
La eficacia, el valor de la Pasión y Muerte de Jesús no tiene fin, y ha llenado al mundo de paz, de gracia, de perdón, de felicidad en las almas, por esto decimos con firmeza que el valor de la muerte de Jesús tiende a la salvación del hombre, conforme a lo querido por Dios desde toda la eternidad, pero claro está, esta salvación ha de ser con la cooperación de la libertad del hombre. Este fruto de la acción liberadora de la muerte de Jesús no se hará esperar y ya desde la Cruz lo recibe uno de los ladrones: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en Tú Reino”.
SIGNIFICADO DE LA CRUZ.
El Catecismo nos enseña que la señal del cristiano es la santa Cruz, porque en ella murió Cristo. Y es la señal de la Cruz, lo primero que enseñamos a los niños en la catequesis, a fin de que se vayan identificando con lo que va ser el sentido de su vida.
Uno de los significados de la Cruz, es que en ella se ha consumado nuestra redención y es la consumación del amor que Dios tiene por toda la humanidad, y es aquí, en la Cruz, donde encuentra sentido el dolor en el mundo. El dolor, producido por el pecado, el dolor producido por una enfermedad, por un acontecimiento. Es aquí, en la Cruz, donde se encuentra la acción liberadora, como bálsamo eficaz con una mirada a la Cruz de Cristo; así actuaron los santos que nos anteceden; así actuaron los israelitas ante aquel emblema levantado por Moisés, y que tenía efectos curativos según determinará Yavéh,
La Cruz es consecuencia del modo de vivir Jesús, de su opción por nosotros, los pobres pecadores, de su anuncio del reino; una Cruz que asume por su fidelidad y amor al Padre, una Cruz que presenta la Resurrección, una Cruz inmensamente cargada de valores:
· Es precio de nuestros pecados
· Es el símbolo del amor de Jesús hacia nosotros
· Es sacrificio y expiación
· Es el símbolo del testimonio cristiano
· Es signo de la liberación del hombre de la esclavitud del pecado
· Es signo del establecimiento del Reino de Dios
En el Catecismo de la Iglesia Católica, podemos leer: La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Asunción al Cielo