EL CAMINO DE EMAUS
7 Febrero 2018
Aunque nunca me gustaron las matemáticas, fui y soy el único de mis hermanos rebelde a esta asignatura, y eso que en los veranos (pues en junio siempre me cascaban con una buena calabaza) disponía de un estupendo profesor, con el que en septiembre lograba superarla: era mi padre. Aún recuerdo con amargura aquella ultima hora, de un miércoles, que en el Colegio de los Hermanos… se iba producir un hecho injusto, en el que los conspiradores, con el apoyo de un 80 % de la clase (cuya recogida de firmas, me negué a participar), habían logrado, no sustituir, sino expulsar del Colegio al profesor de matemáticas, alegando que era un mal profesor y que no se le entendía.

Aquella tarde noche, se presentó el profesor junto a un hermano del Colegio que le iba a sustituir y que tenía fama de duro. El profesor pidió despedirse. Al menos a mi me demostró una gran caballerosidad y dignidad. Otro nos hubiera mandado a freír gárgaras. Pero él nos dirigió unas emotivas palabras, algunas se le hicieron un nudo en la garganta. Mi compañero y yo, nos llevamos las manos a la cara, para que nadie viera que se nos habían saltado las lágrimas, ante los momentos por los que estaba atravesando aquel hombre y yo pensaba en su familia, sus hijos, si es que los tenía. Una expulsión o cese de un Colegio de prestigio significaba un borrón que le dificultaría se le abrieran las puertas en otros Colegios.
Esa noche casi no dormí. La pena me vencía. Sé que no volví a acerarme a los conspiradores y me reí cuando en junio les catearon en la asignatura y luego en septiembre. Muchas veces me acuerdo de aquel profesor y me seguiré acordando, que además tuvo la dignidad y caballerosidad de venir a despedirse de nosotros sin rencor alguno.