EL CAMINO DE EMAUS
6 Enero 2018
Algo que, a día de hoy, no he logrado darme cuenta ni me he parado a pesar, es que la juventud me quedó atrás, en el horizonte lejano, pero mirando la vida hacia atrás, o como describiera Antonio Machado:
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar

Que lo que ayer hice, o casi todo, no lo puedo hacer hoy, que por no tenerlo en cuenta, ya me costó un trompazo cuando me dio por hacer algo de deporte en el parque cercano a casa, cuando en lugar de seguir por la senda, preferí hacer el “pinito” de salta un desnivel de menos de menos de medio metro. Creo que para edad existe un tope o una medida; a determinada edad evitar los excesos de todo. Lo que ayer comía o bebía o practicada, llegada a una edad no se permiten los excesos, sobrepasar la fina línea roja, se pueden encender todas las alarmas.
Pero pase el tiempo que quiera, yo no sirvo para estar quieto, ni para pescar truchas, tal como se dibuja, injustamente, a los jubilados. Siento mi espíritu prisionero en este viejo cascarón y sé que no tiene remedio, pero mientras la locomotora tire, seguiré echando carbón, aunque el espejo en que me miro cada e hagan ver que no se han producido ambos como decía Maléfica: “dime espejito mágico hay alguien más bella que yo ve”, sin ver que era el ser mas horripilante. La vejez no es una vergüenza, sino muchas veces un manantial de sabiduría y no lo digo por mí, y seguir caminando adelante, ese manantial podrá convertirse en una cascada de sabiduría del que otros podrán servirse para el camino.
Sí, todo tiene un comienzo y un final. La hierba crece silenciosamente. Nosotros nacemos apeándonos en la estación de la vida de la que luego conoceremos el dolor y la alegría, como nuestra madre que comienza con los tremendos dolores del parto a la alegría a al acogernos en sus brazos, un adelanto de lo que será nuestra vida hasta que Dios nos llame, que será en la estación donde cogeremos el tren que nos lleve a la Tierra Prometida, donde ¡ojala todos! Nos apeemos en el Andén que nos lleve a presencia de Dios.
No hagamos de nuestra vida una de esas películas en las que somos el héroe que nunca muere aunque le atraviesen mil balas. Seamos reales, niñez, adolescencia, juventud, adultez, vejez… son el tránsito que habremos de atravesar, por lo general. Pero la eternidad no está en este mundo que estamos caminando, ni eternamente niños, ni eternamente jóvenes… la vida pasa cada día, que no nos dejemos engañar por la falsedad del espejo que nuble nuestro entendimiento que nos impida tomar el tren que nos lleve a la estación de la Tierra Prometida.