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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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ACOSO

Con lo bien que se estaría en casa descansando, pensé, después de ocho horas de trabajo en la empresa y además en plenas revisiones, con lo que se duplicaba o triplicaba el trabajo, que además  debía de salir adelante “ si o si”. Pero si el trabajo gusta, no importaba la dureza, ni las horas, sino que produce una satisfacción interior del trabajo bien hecho y bien acabado, pero por mucho que trate de explicarme, tal vez pocos o nadie me entiendan.

Esto era lo de menos; pero sí que terminaba derrotado por el ordenador. Ahora, debía de subir a la ciudad universitaria y sacar un certificado de haber terminado la carrera, que me serviría, al menos, para lograr un ascenso de categoría, como así fue. El mismo puesto pero más sueldo y una felicitación del Jefe de Personal, con quien me llevaba muy bien. Siempre me había considerado bien, como el resto de los  Jefes, que me habían ido promocionando con cursos que me servían de incentivo. Cursos  en la otra provincia, con Hotel comida pagada… aún no era fijo y ya alcancé el primer ascenso.

 

                                         

 

La verdad que tanto mi compañero Ángel, como yo, llevábamos el peso del trabajo administrativo, por encima del resto de los compañeros. No protestábamos porque el trabajo nos gustaba. Además, para eso nos habían contratado, con ello decir que no nos habíamos unido a ninguna huelga. Algunas veces tuvimos que aguantar a alguno de los otros administrativos y  no juzgar su  incompetencia, que además se dedicaban a lanzarnos misiles provocativos. Lo que más coraje les daba, era que no recibían respuesta. De buena gana un castañazo les hubiera puesto en su sitio. Pero en fin, siempre, en casi todos los trabajos, te encuentras con algún monstruito retorcido, de esos que cuando hacen algún acto bueno les duele la conciencia; porque para ellos hacer un acto bueno era como una gripe, les producía fiebre en el sentido literal de la expresión.

En eso pensaba cuando subía a recoger el documento. Me lo dieron, lo compulsaron e hicieron una fotocopia. Tomé nuevamente el tranvía. Tenía ya ganas de comer un buen filete con patas fritas con ajo y un buen plato de lechuga. Solo pensar en ello se me hacia la boca agua.

Iba en el compartimento un joven con el uniforme del Colegio X. Llevaba la mochila en el suelo, pero agarrando las asas. Miraba a todos los lados y observaba obsesivamente a la gente, como buscando a alguien. En la siguiente parada, casualmente entró un amigo del Colegio.

  • ¡hombre, tu por aquí! (le dijo).

  • Ferdy, yo hoy no voy a clase, tengo dentista (le dijo con una sonrisa feliz por no ir a clase, pues por ir al dentista nadie se siente feliz, primero por ver a un tío que te va a clavar una aguja en la envía y después por los euros que tienes “aflojar”. De aquí el chiste ese: cuál es el animal que come con la boca del hombre: pues el dentista).

  • ¿Sabes lo que le he hecho a Pedro? (le preguntó)

  • A Pedro Alférez (preguntó el amigo).

  • Si (respondió)

  • Que le has hecho ahora; te estás pasando; cuéntame. Déjalo tranquilo (dijo lanzando un suspiro de preocupación. No era la primera vez que la tomaba con él)

  • Pues le cogí los chicles de la mochila. Le eché esos polvos que vienen en saquitos en las cajas de los ordenadores, por ejemplo. Los devolví al paquete y a la mochila. Cuando salíamos del Colegio, vi cómo habría el paquete y comenzó a masticar varios chicles, luego los escupió. (dijo como quien hace una gracia, riéndose).

  • Pero un día te lo vas a cargar. Bueno me bajo. Y te advierto que ya tienes un sector en tu contra. Te llamaré. (Dijo el amigo).

Casualmente,  con mi fino oído, estaba allí. Me gustaba escuchar y oía historias para todos los colores. Me sirve para crear alguna historia para mi blog. Pero esta se llevaba la palma. Le daban ganas de levantarse y sacarlo por la ventana del tranvía. Sopesaba denunciarlo o no. Tenía el nombre de la “victima”, el autor y sabía el Colegio. Bajé del tranvía, e iba como quien deshoja una margarita: “denuncio, no denuncio…” antes de llegar al portal, me encontró con una “chocolatera”, como se llamaba antes a las furgonetas de la Policía y fuera de ella, un oficial de policía; portaba en la hombrera una palma y me dirigí a él.

  • Buenas tardes, quisiera comentar con usted unos hechos que he escuchado en el tranvía tengo los nombres del autor y la posible víctima y el colegio al que  pertenecen. (El policía parecía escucharle, pero siempre de perfil, cuando terminó de relatarlos, el policía le dio una sorprendente respuesta)

  • Yo no he oído nada.

  • ¿Cómo dice? Si yo le he dado los datos… ¿Qué más quiere que le diga? Mi nombre es XXX y mi documento es  XX.XXX.XXX L ( dije y viendo que estaba predicando en el desierto opté por marcharme. El policía siguió igual. Pasando de mí.)

Increíble pero cierto. No  denuncié  el hecho porque pensé que a lo mejor sus compañeros no me iban a hacer caso, porque tal vez no tenía importancia. Tal vez  mi imaginación me la volvió a jugar. De todas forma, quedé tranquilo porque había obrado bien y  volvería a hacerlo cuantas veces fuera necesario y ante el mismo policía.

Si lo de los polvos carecía de importancia, si parece ser que había alguna traza de persecución al modo de ver de uno. Pero la actitud del policía fue vergonzosa.

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