EL CAMINO DE EMAUS
18 Noviembre 2017
Si los miramos con los ojos de este mundo, quizás no veamos ninguno ni aunque se hubieran producido en nosotros mismos por grandes que estos fueran. Pero si de corazón y con la verdad por delante, si examinamos nuestras vidas, hechos que nos han sucedido y de los que hemos salido con bien, no ha sido por actuación de la casualidad que de por si no tiene capacidad de pensar, ni de actuar, ni poder para evitar hechos. Lo mismo que si uno pasa por debajo de una escalera, es lo mismo que si pasa por un lado, puede trozar y caer al suelo pase o no pase.

Son casi la una de la madrugada, me he desvelado y soy incapaz de dormir, asi que he cogido la pluma y comienzo a gastar tinta y he pensado en los milagros. Los que hizo ayer el Señor y continua hoy y mañana hasta el fin de los tiempos haciéndolos. Al Señor le dolía el sufrimiento humano, más que el dolor que iba a sufrir en su Pasión y Crucifixión. A los ciegos les devolvía la vista en los ojos y la del alma (la fe), a los leprosos les limpiaba las heridas del cuerpo y las del alma… y así hoy continúa, por que si en alas de la fe te transportas al sepulcro donde enterraron su Cuerpo, verás a las santas mujeres llorando, a los soldados romanos montando guardia… y si vuelves o te quedas junto a los soldados, cuando despiertes de tu cansancio, podrás ver el Sepulcro vacío… el Señor venció a la muerte y sigue actuando hoy como ayer, haciendo el bien, llamándonos, apareciéndose en nuestro camino de Emaus.
Si te preguntas que méritos tienes para que el Señor haga en ti un milagro si estas necesitado. El mismo que tenían los ciegos, los cojos, los mudos, los paralíticos, los leprosos… la Magdalena. A lo mejor en mi no obra ninguno, pero si en una persona cercana para que pueda verlo y cambiar de vida. Pero puede obrarlo en ti o en mí, pero no los vemos. Muchas veces el Señor se adelanta a nuestras peticiones, no nos pide permiso para sanarnos en el cuerpo y en el corazón.
Yo no tengo merecimiento alguno, pero les cuento unas cosas reales, que nunca pensé en ellas y ni siquiera se me ocurrió darle las gracias a Dios, al contrario de lo que hiciera aquel leproso de los diez que curó, y se volvió a Jesús para darle las gracias.
Aquí no intervino la mano de la casualidad de la suerte, que no tienen manos. Aquí hubo una mano mas poderosa, que es la de Dios y no tenía merecimiento alguno. Pero el Señor no mira merecimientos; nos demuestra su amor y nos quiere a su lado