EL CAMINO DE EMAUS
26 Diciembre 2015
~~Cuando la policía, se ve obligada a repeler una algarada salvaje, donde los manifestantes tiran contra ellos toda clase de objetos, incluidos cocteles molotov, incluso agreden con barras y bates de béisbol, es algo que revienta, teniendo en cuenta que ellos, la Policía, se juegan muchas veces la vida por nosotros. Pero normalmente, contemplamos absortos que una parte de la prensa y de la población habla de salvajismo policial, por actuar con contundencia, sin atender que en la contienda se ha duplicado el número de policías heridos que los de los provocadores.
Creo que nosotros, deberíamos corresponder, ya no digo en la misma forma que los individuos que actúan en la guerrilla urbana. Pero si colaborar de alguna manera con ellos. Puede que algún día se nos presente esa ocasión.
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Aunque su aspecto indicara lo contrario: Fernando era delgado, pelo canoso, mano temblona; pero su pasado, amante del deporte: judo, karate, aikido y un poco de atletismo, le daba una fuerza interior que le hacía desconocer el riesgo.
No se daba cuenta que el exceso de confianza en sí mismo es como ponerse al borde del abismo. Terminado el servicio militar se preparó para el cuerpo superior de policía, le apasionaba pero más porque habían caído asesinados, varias personas que conocía, entre ellas, un inspector con el que solía tomar café en un bar próximo a la Jefatura.
Pero no hubo suerte, los temas de derecho administrativo no terminaban de entrar en la memoria. Pero su pasión por la policía no se ha pasado a pesar del tiempo y la edad. Tenía un defecto, según le decían, que hablaba con todo el mundo, refiriéndose a los desconocidos; pero él decía que tenía dos virtudes: capacidad para hacer amigos y no convertirse en una isla; es decir, alejarse de los demás, como si el mundo fuera él solo.
De los conocidos ya no aprendes, salvo que te corrijan de los errores, de los desconocidos aprendes, porque te enteras de muchas cosas, sobre todo por donde tiran sus ideas y si eres un poco “sabueso” te dedicas a tirar de este o aquel hilo.
Le gustaba poner la oreja. Parecía una estación recogedora de datos, y después en un cuadernillo anotaba, pasando por un tamiz las que podrían tener algún significado. Las que consideraba más serias a su modo de ver; si juzgaba que estuvieran al margen de la ley Después se olvidaba del tema, ya que lo demás era tarea de los profesionales. No trabajaba para la policía, y ni mucho menos era un confidente, ni un espía, ni un soplón. Para él era una diversión que le evitaba el aburrimiento en que te sume la jubilación. Siempre había tenido sentido fuerte de actividad. No existía la palabra “estar parado”.
No durmió aquella noche, pensando que en pocas horas tenía que subirse a un avión. Era incomprensible su miedo al avión y su desconocimiento del riesgo. Era más fácil que un “quinqui” le abriera en canal de un navajazo, que un avión se desplomara sobre el mar. Pero no pensaba en ello ni en la diferencia que existía entre uno y otro hecho.
Miraba tras la cristalera, la pista del aeropuerto que recorrían varias máquinas limpiadoras, en busca de cualquier objeto que pudiera causar algún tipo de incidente en el despegue o aterrizaje. No se estaba para más accidentes. Ya habían sido tres, siendo el más grave el choque de los dos de la KLM, culpando a los secuaces de Cubillo. Un demente que se decía el dirigente de cuatro descerebrados que habían matado al policía Baldenebros y pusieron una
Rezaba Padrenuestros y Avemarías solicitando a Dios un buen vuelo. Hizo un buen vuelo y un bonito viaje en tren, que era su pasión. Recuerda, cuando pusieron en la isla el tranvía, desde la Capital hasta la ciudad universitaria el primer mes fue gratis. Lleno hasta las topes. Las gentes que nunca habían subido al tren, repetían y repetían los viajes. Ahora quedaba acoplarse al horario de comidas y de la medicación y regular la vida, salir del caos y comprender que la vida tiene una serie de normas de las que no debemos salirnos.
Al día siguiente, domingo, se levantó, se puso el chándal y se fue a un parque cercano, uno de los siete pulmones de la ciudad. Un parque extenso donde puedes correr, pensar, meditar, con un pequeño lago con abundantes patos que cuando crecen salen en bandadas, en forma de uve hacia el rio zadorra, u otros de los ríos que pasan por la Capital La primera vuelta fue a paso legionario; la segunda vuelta fue corriendo lentamente. En esta vuelta, es cuando comenzó a escuchar gritos y discusiones y eso que estaba lejos. Orientó el oído hacia el lugar de donde procedían las discusiones, pudo ver un grupo de cinco individuos hablando acaloradamente, amenazándose y llegando a las manos. Se acordó de los últimos Carnavales, justo debajo de donde vivía, una pelea de cachalotes a puñetazo limpio a unos 50 metros de un punto de la Policía Local que se había colocado como seguridad. Solo con dos lograron disolver a aquellos con unos buenos porrazos. Salieron como alma que lleva el diablo.
Justo cuando marcaba el teléfono de emergencias, un motorista de la Policía Local, vio la pelea y tras bajar de la moto corrió hacia ellos. Era bajito, pero corpulento. Sin mirar lo que podía pasarle y sin esperar a que llegaran refuerzos se metió a separarles. Un puñetazo, le pasó rozando. Esto a Fernando le irritó sobremanera y se lanzó a todo correr para ayudar a aquel valiente policía, que pudo haberse jugado un navajazo. Entre los dos lograron separarlos, aunque los ánimos estaban calientes. Las amenazas surgían esporádicamente. Cerca, una joven que seguramente era el trofeo por el que luchaban. O bien que uno de los grupos se la quitara al otro. Ya más calmado el ambiente, como en las películas, llegaban los refuerzos. “¡Uf, menos mal!”. Si algo le irritaba eran los proxenetas. Le gustaría acabar con todos. Y que no hagan una ley para meterlos en la cárcel, pensaba. Se acercó al policía local, le felicitó por su valentía y él le correspondió con un apretón de manos: “Muchas gracias, ojala hubiera muchos más que colaborasen”. “El placer ha sido mío” y se fue siguiendo con su rutinario deporte