VOLVER A CASA

Publicado en por antonio tapia

Oyendo  los comentarios de Las gentes, calculo que un 70% opina que la mayor parte de las niñas, jóvenes, maduras, que viven del sexo, lo hacen por ganar dinero fácil; otras son traídas a la fuerza o bajo engaño.

Este relato es verídico. Se han cambiado los Nombres y se ha novelado, para hacer más fácil la comprensión de los hechos

Se preguntaba, ¿Cómo, en el caso de Yolanda (nombre disfrazado), sabían a qué grado ascendía su deuda?. Compró una camioneta para el negocio de su padre, lo que hizo que su economía se debilitara ostentosamente. ¿Había, en su país alguien sobornado en las financieras que informaban de las deudas a los jefes de las redes de prostitución, que luego contactaban con ellas y bajo engaño de un trabajo mejor se las traían a Europa? ¿Eran ellas mismas que para desquitarse de la deuda, se buscaban este tipo de trabajo?  No alcanzaba a ver otro modo.

 ¿Cuántas jóvenes, actualmente, se las ha sacado de sus casas, engañadas y se han visto envueltas en redes que las explota sexualmente y que nunca jamás terminan ni terminarán de pagar sus deudas?

Se puede aplicar esta frase a la vida de estas jóvenes: SI NO TRABAJAS, NO COMES. Esta es la política que se vive en muchas casas de explotación de jóvenes. Fernando la tenía anotada en mayúsculas, en su cuaderno de anotaciones. Y en entrevistas que había hecho, algunas se lo habían confesado: “si no conseguimos clientes, no ganamos dinero, sin dinero no podemos comprar comida y si no es por la caridad de alguna compañera, no comemos”.

“¿Esto no es violencia de género? ¿Y si lo es, porque la Ley permite la prostitución?”(Se repetía a sí mismo). Esta historia es real novelada.

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Había dado con una posible red que se transmitían, entre si, por medio de un chat. Pero no estaba seguro. Fernando quiso ver si era una imaginación suya. Vio la conexión que había entre cinco provincias, en algunas se hablaban de intercambios, se realizaban citas y se daban precios:

  • “Esta semana voy para xxx y Milena sale para xxx. Así que Carlos tendrás que esperar un tiempito a que vuelva”. (le dijo Elena).
  • De nosotras no podéis enamoraros, estamos en continuos cambios de provincias. (dijo  otra).
  • Alguna chica de XXX, para quedar. (Dijo él).
  • Esto no huele bien (pensó Fernando, que esperó un rato, para ver si le surgía una oportunidad de contacto).
  • Yo soy de XXX (dijo una en el chat).
  • ¿Podemos quedar?. Soy también de XXX (Dijo Fernando)
  • Si, gracias, llevo una semanita negra (Dijo ella)
  • Cuanto cobras. (Le pregunto por el  privado)
  • 100 una hora, 60 media hora y 30 veinte minutos. (dijo ella).
  • En donde tenéis el piso (Le pregunto).
  • Es una casa tipo chalet, en la calle xxx, después del parque.(Dio ella).
  • A las diez estaré allí. (Dijo él).
  • Bien, dentro de cinco días me voy a XXX. No falles, preciso plata (dijo ella).
  • No fallaré, prometido. (Dijo él)

Cumplió su palabra y pagó lo convenido. Estuvo una hora, pero la pasó hablando, lo que la chica agradeció, al menos alguien no la “usaba”. Sin darse cuenta ella, le fue extrayendo información. Lo mismo hizo con dos jóvenes más de otras dos provincias, lo que apuntó en un informe. Pudo así comprobar que se trataba de una red y que las intercambiaban entre las cinco provincias. Elaboró un pequeño informe con teléfonos, nombres y alguna fecha de intercambios.

EL DIA DE LA MARCHA

Ese día, Yolanda se levantó más pronto de lo normal. En pleno otoño, levantarse a las seis de la mañana es criminal. Tras una ducha caliente te espabilas. Ya hacía semanas que había que utilizar ropa de invierno. Pleno noviembre.

Apareció la dueña y con un gesto serio, le indicó que se apartara de la ventana: “¿No recuerdas las normas?”. Yolanda asintió. “Pues  ándate con cuidado”. Ya había probado los correctivos que empleaban los secuaces que cada semana les “visitaban”. Ese era un día que todas andaban nerviosas. No se sabía a quién le tocaba y porque. Cualquier cosa podía considerarse una ruptura de las normas con el consiguiente castigo. Solo se oían los gritos y golpes. Sabían dónde pegar y cómo hacerlo. Eran expertos en no dejar señales en el cuerpo, solo en el alma. A la dueña no le dolían prendas en “chivarse” lo más mínimo. Luego los libros de contabilidad, donde quedaban marcadas las horas trabajadas  y la parte proporcional que había pagado cada una y con arreglo a ello las llamaban a solas.

Yolanda ya había pasado por algunos de esos “juicios” y recibido los “correctivos” correspondientes. Algunas se salvaban por ser los “ojitos derechos” de las dueñas. Se procuraba evitar hacer críticas delante de ellas.

La tristeza y los nervios la apretaban, se acercaba la hora. La trasladaban a otra ciudad donde la red tenía casa. Estaba prohibido acercarse a despedirse, por ello las demás chicas permanecían en sus habitaciones.

Según lo previsto, a las 8,45 aparcaba la furgoneta, verde oscuro frente al portal del chalet, tapado por dos setos que lo “protegían”. Bajó el copiloto, el conductor quedaba dentro.

  • ¿Está todo preparado? (preguntó aquel hombre, fuerte, de pelo largo, despeinado, sus manos eran grandes y fuertes. Era extranjero. Al menos por el idioma parecía ruso o rumano. Son más duros y mejor pagados, por su efectividad y facilidad para que con una sola mirada las jóvenes cumplieran con las normas previstas para el “negocio”)
  • Si, ya está todo. (Dijo la dueña)
  • Pues nos vamos. Dile a la chica que coja las maletas y las baje a la furgoneta.

Yolanda salió del chalet y el conductor, le dijo de mala manera: Tú detrás. Lo que hizo sin mediar palabra. Salió el chulo y se montó al lado del conductor: “Vámonos”. Yolanda estaba con miedo. El coche arranca y cuando comienza a caminar, cerca de 15 hombres armados  y varios coches camuflados de la policía, que  estaban sobre aviso,  se colocan a su altura, les impiden maniobrar. Otros policías entran en el chalet.

El chulo palideció. Yolanda respiro. Uno de los policías le dijo: “Venga conmigo señorita”. Y la metió en uno de los coches policiales. De dentro se escuchaban los gritos e insultos de la dueña. Veía volar el “negocio” tan lucrativo a costa de jóvenes chicas.

Varias horas duro la operación. El Comisario General de extranjería sonreía; pues a la misma hora, en otras cuatro provincias se había desarrollado la misma operación con éxito, además lo mismo había ocurrido en el país de origen donde se habían detenido a los cabecillas.

Llevadas a la Comisaria se les ofreció a las chicas un café o un té y un sándwich. Iban pasando a unas habitaciones donde se las tomaba declaración. En departamentos apartados, estaban el conductor, el chulo y la dueña.

El Comisario General hablo con el Jefe Superior y este con el Juez y el fiscal, quienes se felicitaron por haber roto una de las redes más importantes de trata de blancas. Fue un palo contra una red criminal que venía obteniendo más de un millón de euros al año.

Ahora volvía con sus pensamientos al pasado. ¿Cómo sabían su deuda? ¿Cómo a una persona con deudas se le ofrece un trabajo y además fuera de su país? ¿Cómo fui tan tonta  para dejarme engañar o al menos sospechar? Mientas esperaba e Comisaría, se hacía mil preguntas y la respuesta: “fui una ingenua. Pero ya no tiene remedio”. Unas se prostituyen porque quieren, otras contra su voluntad.

Y las deudas nunca concluyen, como pasa con los prestamistas, los usureros del ayer, vampiros sin conciencia que no les duele poner bajo un puente a toda una familia. Funcionarios corruptos que se venden a los explotadores del sexo para que se les pase información de las jóvenes endeudadas.

Sentía vergüenza de sí misma por lo que había hecho, aunque fuera obligada. El haberse rebajado a los instintos más perversos de mentes “enfermas”. ¿Podía haberse escapado? Faltó valor. ¿Podía haber comentado a algún cliente lo que pasaba? ¿Pero en quien confiar? Sin duda alguien vio y habló.

  • Yolanda, pase por favor (un inspector le hizo una señal para que pasara a una sala, mientas la dueña salía esposada, con cara de muy pocos amigos)
  • Haber tú que cuentas (dijo amenazadora).
  • La verdad.

 

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