EL EVANGELIO DE SAN MARCO 10

Publicado en por antonio tapia

CAPITULO SEGUNDO

11.- La Curación de paralítico

Y al cabo de unos días, entró de nuevo en Cafarnaún. Se supo que 2estaba en casa, y se juntaron tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio; y les predicaba la palabra. Entonces vienen trayéndole un paralítico, que era transportado por cuatro. 4 Y al no poder llevarlo hasta él por causa del gentío, levantaron la techumbre por el sitio donde se encontraba y, después de hacer un agujero, descuelgan la camilla en las que yacía el paralítico. 5 Al ver Jesús la fe de ellos, dice el paralítico: Hijo tus pecados te son perdonados” (MC 2, 1-5)

Acababa de comenzar su vida pública, y ya las gentes se agolpaban en torno a Él para escuchar sus palabras, ver sus prodigios, sentir su proximidad. Que diferente era el trato de Jesús, que diferentes eran sus palabras; un frescor nuevo espiritual alcanzaba el corazón de aquellas gentes que esperaban la venida del Mesías. Palabras de amor y de libertad; una fe si ataduras, en la que el hombre se ve sometido a la Ley antigua, basada en el amor, y a la que eran llamados todos sin diferencia de situación, ni de clase social: sanos y enfermos, publicanos, pecadores, esclavos y libres... Sus palabras llenaban, por primera vez, el corazón de aquellas gentes.

No era distante, como los fariseos y maestros de la Ley, era el Sagrario andante y visible al que todos pueden acercarse, a pedir, a suplicar, a dar gracias...; proclamaba la esperanza para todos, sin exclusiones. Comienza el segundo capítulo con el retorno de Jesús a Cafarnaún. Nos narra que el gentío era tanto que " ni ante la puerta había ya sitio" (MC 2, 2). Mientras enseñaba acuden a Él con un paralítico que transportaban entre cuatro; al no haber sitio lo izaron hasta el techo y lo deslizaron hasta Jesús por una especie de claraboya, típica en las casas judías.

Al ver, nos narra San Marcos, la fe de aquellas cuatro personas, se dirige al paralítico y le dice: "Hijo, tus pecados te son perdonados" (MC 2, 5). Jesús se conmueve al ver la fe de las cuatro personas que no miran los obstáculos con tal de alcanzar el bien para su amigo. También es de notar el consentimiento del enfermo, lo que es esencial. San Jerónimo ve en la parálisis de aquel enfermo, una parálisis espiritual, en la que solo el consentimiento de dar el paso hacia el Señor puede sacarnos de ella, como es el caso del paralítico que lo da para que le acerquen a Jesús, para que le guíen hacia su curación. Para que la gracia de Dios pueda actuar, solo falta nuestro consentimiento en querer recibirla, y nuestro consentimiento en dejarla actuar.

También son de destacar los méritos de aquellos amigos que salvan todo tipo de obstáculos para lograr la curación de su amigo. También nosotros podemos hacer méritos no solo para nuestra alma, sino para el bien de las demás almas que nos rodean; no solo debemos trabajar por nuestro bien espiritual, sino ser también los portadores de aquel o aquellos enfermos, paralizados por el pecado, que tengan ansias de curación, salvando los obstáculos que el mundo pueda ponernos, y sin escatimar medios. Muchas veces pensamos erróneamente que a Dios sólo le importa nuestro bien espiritual.

En este ejemplo y en muchos más a lo largo de los cuatro evangelios, vemos que a Dios le importa la felicidad del hombre; es decir, el bien espiritual, el bien corporal y el bien temporal. Jesús da la salud al alma y la salud al cuerpo; retorna al que sufre la felicidad íntegra, nunca deja las cosas a medias. Hoy actúa igual. Vemos un hecho significativo en este pasaje: el paralítico no dice una sola palabra que nos hace pensar en la ingratitud de aquel impedido, son los amigos los que interceden y el Señor el que cura. Tan sólo en el Evangelio de San Lucas podemos leer: “y se fue dando gloria a Dios” (Lc 5,25). Tal vez para Marcos y Mateo, quienes no hacen comentario final como el de Lucas, el mensaje central sea el que ofrecen los portadores del enfermo; o el paso del hombre viejo, impedido por el pecado que representa el paralítico, al hombre nuevo, cuya vida orientada hacia Dios, le comenzaba tras su sanación. San Marcos tal vez da por supuesto el agradecimiento, ya que de lo contrario habría hecho algún tipo comentario. A través de este pasaje, el Señor se acerca a los excluidos y marginados; y lo seguiremos contemplando a lo largo del Evangelio.

Las enseñanzas que nos da el Señor son todas de importancia vital, ya que nos dice como hemos de actuar en cada momento; más cuando algún hecho nos parece repetitivo, lo que el Evangelista quiere señalar es la vital importancia de este hecho. San Pablo nos dirá luego: si no tengo amor no soy nada. Por tanto, podremos ser los mejores cristianos, los más piadosos, los más activos, pero si rechazamos al excluido, por la causa que sea, nada de lo que hagamos tendrá validez. El Señor atiende a los marginados, a los excluidos por la ley judaica: enfermos, paganos, descreídos. Como veremos más tarde, en palabras del mismo Jesús: “No tienen necesidad de médico los sanos”, refiriéndose a los fariseos y doctores de la Ley que se presentaban como los más puros y justificados (santos) a ojos del pueblo. “Dispersó a los soberbios de corazón (...) y ensalzó a los humildes” en palabras de nuestra Madre, la Virgen María, y que nos aproximan a esta situación "Hijo tus pecados te son perdonados" (MC 2,5); Jesús perdona los pecados, el mismo Jesús que perdona nuestros pecados a través del Sacramento de la Penitencia, y con estas palabras que en nombre de Cristo nos dice el sacerdote en el momento de la absolución "Hijo tus pecados te son perdonados"... Vete en paz, o "toma tu camilla y anda" (MC 2,9) como le dice al paralítico. Y los escribas murmuran en su interior, se preguntan ¿con qué poder perdona los pecados? Y lo tachan de blasfemo, porque ellos sabían que este poder solo es de Dios.

Entre tanto, los Apóstoles se mantienen expectantes, el gentío allí acumulado, calla, tal vez por miedo a los escribas. Jesús les va a dar la respuesta y le dice al paralítico: "A ti te digo. Levántate, toma tu camilla y anda"(MC 2,11). En ese momento, el paralítico recupera la fuerza en sus miembros y se echa a andar. Con aquellas palabras llenas de autoridad, pero también de amor, el Señor no sólo perdona, el Señor sana aquel cuerpo inmóvil y aquel alma agarrotada por el pecado. "Todos quedaron admirados"(MC 2,12). Nosotros también quedamos admirados cuando Jesús a través de la absolución nos dice: "Hijo tus pecados te son perdonados”, pues en ese momento el pesado de la culpa desaparece, volviéndose ligeros nuestros cuerpos. Y nuestro cuerpo inmóvil para la oración, inmóvil para hacer el bien, inmóvil para dar las gracias, por medio del perdón del Señor, recupera su soltura y se lanza de nuevo a caminar hacia el Señor.

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